Por Gerardo Carrasco
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Por todo eso, cuando se apagaron las luces y advertimos las siluetas de los músicos buscando sus posiciones, miramos al cielo procurando hallar la nube traidora, el mal rayo, una situación terminal del universo que viniera a jodernos la fiesta. Pero no. Se hizo la luz, El Loco, de impecable traje oscuro e irreprochables zapatos al tono, sonrió y comenzó a cantar.
De generaciones
Tal como él mismo lo había anunciado, el set escogido para su esperada presentación en Uruguay fue bastante representativo de las tres largas décadas de carrera musical de Loquillo, elección atinada ante un público que, más que apreciar estrenos, iba a la búsqueda de un repertorio más antiguo y cargado de “afectividad generacional”. En rigor, el público que se apiñaba frente al escenario podía dividirse un poco arbitrariamente en dos grupos. Los veteranos -que me incluía- esperando cumplir el postergado anhelo de corear algunos viejos himnos del rock español en compañía de su creador, y los más jóvenes que, si bien disfrutaron con El Loco, en realidad estaban esperando el toque de Buitres, manifestándolo incluso a voz en cuello.
Una banda de rock suave
José María Sanz Beltrán “Loquillo”, comenzó su recital atacando algunos temas “nuevos” entiéndase por nuevos los “post '90”, como “Arte y Ensayo”, “Cruzando el paraíso”, o “Actitud rocanrol”. A lo largo del show, el hombre tuvo ocasión para fumase su cigarrito, peinarse, mandarse su copita de champán, y regalar al público sus ademanes habituales, brazo e indice extendido, posturas estatuarias e incluso patadas voladoras. Es que no puede negarse que el tipo tiene más tablas que un libro de matemáticas, que es un bicho de escenario y un verdadero profesional, además de un gran cantante. Sin embargo, la mecha no se encendió hasta que sonaron las primeras notas del primer clásico de la noche: “Rock suave”, que despertó como por ensalmo a todos los que habíamos llegado ahí sabiendo que, en un repertorio surtidito, tendríamos la suerte de agitar con algunos de esos oldies entrañables.
El paroxismo llegó con las primeras estrofas de “El ritmo de garage”, uno de esos temas que, bien mirados, son un poco ñoños y reúnen algunos lugares comunes del rocanrol... pero que a pesar de ello, funcionan como una gigantesca batidora cuando se trata de poner al público en acción. También fue memorable la versión brindada de “Todo el mundo ama a Isabel”, y constiuyó una verdadera sorpresa la inclusión el en set de un tema como “La mataré”. Dicho tema -cuya letra refiere a un eventual crimen pasional- ha sido excluído deliberadamente del repertorio habitual de Loquillo, a pedido de organizaciones de lucha contra la violencia de género en España."Si no tocamos La mataré es porque antepongo el derecho a la vida a la libertad de expresión", declaró el artista más de una vez en su país.
No hables de futuro
Se dice que nada es perfecto, y la cuota de decepción tuvo su momento a la hora de hincarle el diente a uno de los temas más esperados de la noche, y quizá el más representativo de Loquillo, con o sin Trogloditas: “El Rompeolas”. Cierto que no es de los temas más violentamente rockeros del músico, pero la versión que se escuchó en el Velódromo, asmática, ralentizada y con unos improcedentes arreglos de teclado, fue más digna de un número de café concert que de un recital masivo al aire libre.
Por cierto, no esperábamos encontrar al Loquillo de camiseta blanca, pletórico de furia y energía juvenil de otro tiempo; ni lo deseábamos. Pero un Rompeolas con unas gotas más de adrenalina hubiera sido mejor recibido.
Finalmente, y como era de esperar, el último tema abordado fue “Cadillac Solitario”. Antes de cantarlo, El rocker catalán agradeció efusivamente a Los Buitres por versionarlo y difundirlo. “Agradezco a Los Buitres, que han hecho posible que yo esté hoy aquí”, declaró. El “Cadillac”, tema conocido también por la afición buitrera, fue coreado con vigor, esta vez por toda la concurrencia, cerrando una actuación que, más allá de pequeños puntos oscuros, satisfizo a la mayoría.
El cielo puede esperar
Tal como estaba previsto, el cierre de Ancel Fest estuvo a cargo de Los Buitres, cuyas banderas ondearon durante toda la tarde en el Velódromo.
El show estuvo de acuerdo a los habituales estándares de calidad ofrecidos por la banda, que se caracteriza por un funcionamiento muy aceitado y casi sin errores, pero también con escasas sorpresas. Las novedades estuvieron más en lo discursivo que en lo musical, dado que Gabriel Peluffo anunció su retiro definitivo e inapelable de las canchas de fútbol. “Los pases que le hice a este hombre, y no hubo manera”, declaró al respecto Gustavo Parodi.
En cuanto al repertorio atacado, se compuso al igual que en los últimos recitales, por una mezcla de temas del reciente “Canción de cuna para vidas en jauría”, y una bien escogida selección de canciones de diferentes épocas, Estómagos incluidos. Temas como “Canción de Navidad”, “Soy del montón” u “Ojos rojos", recibieron una gran acogida por parte del público. Durante buena parte de la jornada, los organizadores invitaron mediante paneles electrónicos dispuestos junto al escenario, a escoger dentro de una trivia el tema de cierre del toque de Buitres. La votación -vía SMS- dio el triunfo al viejo hit “Avril”, con 431 sufragios. Ya en el set de bises, llegó el momento más esperado de la noche: invitado por Los Buitres como “El loco, un amigo” Loquillo volvió a salir a escena. Peluffo agradeció al músico barcelonés por haber aparecido “sin previo aviso” durante el recital que la banda uruguaya ofreciera meses atrás en la ciudad condal. En emotivo dúo vocal, Loquillo y Peluffo encararon el tema que une ya para siempre a las dos bandas. Cadillac Solitario.
Una forma de bailar
“Tomen nota, después no digan que no hay pogo”, gritaba un entusiasmado Gabriel Peluffo, agregando que “los críticos a las doce se van a dormir” (...) los críticos, los que escriben en las revistas y en las páginas de Internet, no van a Rivera, ni al Cerro” declaró a gritos el canoso vocalista, señalando a un grupo de jóvenes que se agitaba de manera espasmódica frente al escenario. Por cierto, como ocurre casi siempre en las primeras filas, había pogo. No era como para colapsar los sismógrafos, pero había.
Para curarse en salud -cosa que no considerará desatinada un cantante médico- este humilde cronista vuelve a afirmarse en los conceptos vertidos en otra nota, acerca del recital de Buitres de abril último en la Rural de El Prado. El que estas líneas escribe -y se trata de una consideración personal- entiende que el pogo, esa forma de bailar que semeja a un multitudinario partido de fútbol amistoso -porque todo el mundo pone pierna firme pero sin deslealtad- no posee ya la convocatoria de hace unos años. El batifondo humano que ocupaba hileras e hileras de público, espantando a los espectadores más pacíficos hacia las regiones más alejadas del escenario, suele ser en la actualidad bastante más pequeño. Este fenómeno acontece en los recitales de todas las bandas, y no lo califico ni positivo ni negativo.
Al igual que en la crónica de abril, planteo la humilde hipótesis de que tal vez estas deserciones en las filas pogueras estén relacionadas con el incremento de la cantidad de fotógrafos y filmadores. O sea, hay más gente que en lugar de zambullirse en el proceloso baile ritual, prefiere quedarse a un lado y tomar muchas fotos para colgar en la web, hecho sobre el que tampoco se emitirá juicio.
Sin embargo, en este último pogo buitrero pude comprobar con estupor la existencia de algunos individuos jóvenes capaces de llevar adelante ambas actividades: poguear como poseídos por el demonio, y tomar fotos con la habilidad de un Frank Cappa.
Una nueva raza de súper espectadores de rock, que habrá de heredar la tierra.
Por Gerardo Carrasco
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