Sin embargo, pese al uso y abuso del término son infrecuentes las explicaciones sobre su significado.
En efecto, un ligero examen del tópico en cuestión que va desde la orilla del tema a la del problema, cuando no se empantana en las ciénagas del dilema permitirá comprobar que tanto en el lenguaje vulgar como en el científico la voz identidad se maneja con ligereza y, a menudo, con impericia. Y esto sucede porque si bien algunos suponen que la repetición machacona de una palabra la torna inteligible, la índole polisémica del término identidad, ubicuo y elusivo a la vez, exige, para ir de lo oscuro a lo claro como pedía Goethe, el conocimiento de disciplinas que faciliten ese ejercicio iluminante. Dicho de otro modo: para efectuar el análisis etimológico, semántico e interdisciplinario del denotatum y los designata de la palabra que motiva estas reflexiones, se debe apelar a la heurística, el arte de la búsqueda, antes de abordar la hermeneútica, la nave donde viajan los expertos en las técnicas del desciframiento y la interpretación.
ENTRE LA MÁNTICA Y LA SEMÁNTICA
La mántica (mantiké), en la antigüedad griega y
la aruspicina, en la romana, eran practicadas por los peritos en la adivinación
y la predicción. La pitonisa del oráculo de Delfos, las sibilas
y los augures desempeñaban oficios prestigiosos para el vulgo aunque
a veces eran objetos de burla entre los propios adivinos. Decía Horacio,
si mal no recuerdo, que cuando se reunía el Colegio de Augures éstos
no podían reprimir su risueño descreimiento: ''cuando están
juntos, se miran entre sí y se ríen''.
Algo semejante puede que suceda en las muy promocionadas asambleas de los embaucadores
contemporáneos, esos sedicentes chamanes urbanos que atraen con sus tarifadas
predicciones tanto a los incautos como a los desesperados. Esta fauna, aplaudida
por los pontífices de la New Age, tiene su réplica en
los cada vez más numerosos sicofantes de nuestra identidad que, en vez
de viajar al futuro, retroceden al pasado para revelar indianidades o negritudes
cuya supuesta influencia determinante de quienes somos y el cómo
somos- no resiste el cuestionamiento del sentido común y mucho menos
el rigor del análisis científico. Según el decir de algunos
de esos ''indianistas'', cuya prédica se ha colocado en la escuela, los
uruguayos somos descendientes somáticos y culturales de los charrúas
y así debemos sentirlo y proclamarlo.
Pero volvamos a nuestra investigación preliminar, la cual debe iniciarse
en un lejano pasado para llegar con un buen cargamento de etimología
y lexicología hasta las actuales cercanías. Estas, saturadas por
el creciente imperio de la radio, la T.V. y la prensa, los omnipotentes mass
media, se ven invadidas por belicosas microidentidades que, para combatir
al ogro de lo homogeneización, cuya aplanadora empareja todo lo que le
sale al paso, movilizan sus ejércitos de duendes particularistas, cuando
no de fantasmas mitopoiéticos, en defensa e ilustración de Lo
Diferente.
Esto sucede con especial virulencia en el mundo subdesarrollado, en el área
de las economías dependientes o emergentes, en los países que
medran en la periferia de los grandes globalizadores, es decir, los centros
del Tener y el Poder. Entre esas naciones hemipléjicas figura nuestro
alicaído Uruguay, que acaba de salir del C.T.I. y cuya mejoría
es aún impredecible.
IDEM, IDENTITAS
El origen de la voz identidad se halla en el ídem latino, que
significa el mismo, lo mismo, lo propio. La voz identitas (identidad)
aparece posteriormente, pero no en el ruidoso taller de la calles sino en el
gabinete de los gramáticos y los traductores. Se trataba de transportar
al latín medieval, con el que se entendían los europeos cultivados
(y no cultos, pues la cultura es un común patrimonio humano), la voz
griega tautótes, que significa identidad, y que como tal fue
empleada por Aristóteles [Ética a Nicomano ( 8, 12, 3), Metafísica
( 2, 1, 9) ]. Para traducirla al latín hubo que agregar al ídem
una alusión al ser, ens, y a la entidad, entitas, y
de tal modo surge el nuevo término, cuya trayectoria en el idioma español
se inicia a mediados del siglo XV. Engendrada por la voz identidad nace una
familia de palabras (idéntico, identificar, identificación, identificable)
que, directa o lateralmente, tiene que ver con nuestro asunto.
Son muchas las disciplinas que recurren al uso del término identidad:
la filosofía propiamente dicha, la lógica y sus diferentes versiones
convencionales, la ontología, la psicología ( que incluye al psicoanálisis
) y la antropología lo han utilizado con distintos matices y en distintos
contextos. Y se le ha distinguido también de lo igual, de lo análogo,
de lo semejante, de lo conforme, de lo concordante, señalando además
y esto es fundamental en las ''ciencias del hombre'', que en las antípodas
se extiende el dominio de la alteridad, un polo opuesto hasta cierto punto porque
la existencia de la identidad en el territorio psicosociocultural supone el
complemento dialéctico de la alteridad.
Voltaire, en su Dictionaire Philosophique (1764) proponía el
término ''mismidad'', refiriéndose en este caso a la permanencia
de aquellas cualidades que, no obstante el paso del tiempo, mantienen incambiada
la estructura de la personalidad, ese modo de ser, de pensar y de sentir intransferibles
que existe en todo hombre merced a la confluencia del temperamento y del carácter
en el estuario del alma espíritu. Genio y figura hasta la sepultura,
dice el refranero popular, refrenando el concepto erudito.
Hasta ahora no hemos entrado en la entraña semiótica de este término,
tan llevado y traído, cuyo hogar primero se encuentra en el planeta filosófico.
La ley de la identidad ha sido objeto de muchas definiciones, ya en el campo
de la ontología, ya en el de la lógica formal. Incluso se la ha
confundido con las proposiciones atinentes a la igualdad. Vistos desde afuera
dos caballitos de juguete pueden tener semejante forma, apresto y color. Son
iguales pero no son idénticos: vistos por dentro el uno es de madera
y el otro de cartón.
A PARTIR DE LA FILOSOFÍA
Desde el punto de vista filosófico existen varios tratamientos del tema
pero voy a limitarme a dos: el uno apunta a la definición de la identidad
y el otro a las filosofías de la identidad. Las definiciones son agrupadas
por Incola Abbagnano (Dizionario di fiolosofia, 1960) en tres grupos:
1) las que la remiten a la unidad de sustancia ( Aristóteles. ''las cosas
idénticas son idénticas cuando su sustancia es una''; Hegel :
''la identidad es la unidad de la esencia consigo misma'') ; 2) las que la consideran
como sustituibilidad (Leibniz : ''Idénticas son las cosas que pueden
sustituirse la una a la otra, salva veritate''; Wolf: ''son idénticas
las cosas que pueden sustituirse la una a la otra, permaneciendo a salvo cualquiera
de sus predicados''; Carnp y Quine entre los filósofos de nuestro tiempo
sustentan parecidos criterios); 3) las que la catalogan como convención.
''Según esta concepción, dice Abbagnano, no se puede afirmar para
siempre el significado de la identidad o el criterio para reconocerla. Se puede,
sí, en la esfera de un determinado sistema lingüístico, determinarla
de una manera convencional siempre que sea apropiada''.
Las filosofías de la identidad reconocen varios grados. En algunos casos
tienen carácter parcial, como sucede con Spinoza, y en otros carácter
total, como en el pensamiento de Schelling. Para Spinoza lo psíquico
y lo orgánico no constituyen diferentes sustancias puesto que el pensamiento
y la extensión son los atributos de una sola sustancia, la del Dios Naturaleza,
dado que la natura naturans y la natura naturata se confunden
en la concepción panteísta de aquel.
En cuanto a Schelling, éste, en su Identitöphilosophie,
considera a lo Absoluto como el punto de conjunción donde se identifican
el sujeto con el objeto, lo real con lo ideal, lo consciente con lo inconsciente,
la Naturaleza con el Espíritu. Los grandes sistemas de los filósofos
del idealismo alemán (el del citado Schelling, el de Hegel y el de Fitche)
están penetrados por el espíritu de la identidad, que por cierto
no es, como se verá luego, el ama de llaves de la identificación.
El principio de identidad (principium identidatis), o de certeza, junto
con el de no contradicción (principium contradictionis) y el
del tercero excluido (principium tertiiexclusii) constituyen el fundamento
de la ontología y de la lógica clásica. Ingresó
tardíamente al mundo filosófico. Wolf lo incorpora en su Ontología
(1729) y Kant le da el espaldarazo consagratorio al expresarse que ''Son dos
los principios absolutamente primeros de todas las verdades. Uno es el de las
verdades afirmativas, o sea la proposición 'lo que es, es, (ens est
ens)' .
Otro es el de las verdades negativas, conteniendo en la preposición
'lo que no es, no es''' (Nova dilucidatio, etc. 1755 ) Digamos con
respecto al tercer principio, el del tercer excluido, que se enuncia del siguiente
modo : ''Entre el ente y el no ente no hay posible intermedio, es decir, no
puede darse otra cosa.'' Esta formulación reemplaza a la habitual, que
entraña un contrasentido, o un absurdo, al expresar que ''el ser, es,
o no es''.
DE LA ONTOLOGÍA A LA LÓGICA
El principio de identidad pasa de la ontología al campo dela lógica
del siglo XIX pero se desvanece en la del siglo XX, donde su papel se reduce
al de una brújula que sólo sirve para orientarse en el mundo de
los símbolos (la lógica simbólica). A Lamouche (Logique
de la simplicité, 1946 ), al referirse a la lógica clásica
expresa que ella concede un doble sentido a la noción de identidad. ''Por
un lado expresa la permanencia del sujeto único o del atributo a lo largo
de los cambios que se producen en él o en su entorno. Por el otro indica
la similitud de dos objetos distintos o de algunos de sus atributos. En el caso
primero estamos ante la invarianza; en el segundo, ante la equivalencia
. Es preciso distinguir, por consiguiente, entre la identidad del uno,
que es la de lo incambiado, y la del uno y el otro, que es
la de lo intercambiable''.
En cuanto a la notación digamos que de los dos guiones paralelos (=)
que representan la identidad en la lógica formal lo que al cabo
indica una mera equivalencia y no una absoluta identidad aquella pasa
a ser representada por tres guiones paralelos en la logística. Detengámonos
brevemente en este término, que nada tiene que ver con al avituallamiento
de las tropas en campaña, como el uso de la voz en la terminología
castrense lo ha consagrado. Efectivamente, estamos maniobrando en un campo donde
los únicos combates posibles son los de la mente.
Pero antes de caracterizar a la logística en su acepción actual
dentro del campo matemático-filosófico es preciso aclarar que
primeramente se refirió a la aritmética en cuanto disciplina del
cómputo y que luego Leibniz la identificó con la lógica
(Calculus ratiocinator). La nueva acepción le fue impuesta en
el Congreso de Filosofía de 1904, que la convirtió en el sinónimo
de lógica simbólica. Por su parte Frege y Russell sostuvieron
que la logística equipara las matemáticas con la lógica.
Terminó con una recapitulación acerca de lo que son la ontología
y la lógica. La ontología es el tratado del Ser en cuanto Ser,
como lo estableció Aristóteles. Erosionada y a veces negada por
los posteriores desarrollos de la teoría del conocimiento, que transitaron
de lo gnoseológico a lo epistemológico, la ontología fue
revalidada por la fenomenología y por algunos filósofos existencialistas,
entre los que figura Heidegger, cuya distinción entre el Ser y la Esencia
es harto conocida.
Por su parte la Lógica (del griego logos, palabra, discurso,
proposición) trata del correcto razona. Deja de lado el contenido del
pensamiento y se atiene a sus formas. De ahí que se le llame formal.
Lo que interesa es la cabal relación entre las proposiciones y no su
certeza. En nuestro tiempo han surgido otras lógicas: la logística
ya citada, que la vincula con el mundo simbólico de las matemáticas,
la polivalente, que deja de lado el principio del ''tercero excluido'', y la
cuántica, inspirada en la física subatómica. También,
erróneamente, Levy-Bruhl habló del pensamiento prelógico
de los primitivos.
Por razones de espacio no podré tratar ahora la distinción entre
identidad concreta o numérica e identidad abstracta o específica.
Lo haré al referirme a los reinos de lo psíquico y lo sociocultural.
De todos modos habrá podido comprobarse que existe un importante capítulo
previo cuyo conocimiento es imprescindible para apuntar con mano firme al blanco
movible de la tan llevada y traída identidad nacional. |