Por Daniel Vidart
¿Qué es eso de la identidad nacional?

Como ha sucedido con muchos otros referentes el término identidad está de moda. Su uso se ha universalizado en esta época de crisis generalizada, de cambio rápido, de inusitada aceleración de la historia. Lo utilizan la academia y el pueblo llano, el periodismo y una gama inmensa de comunidades cuyas reivindicaciones abarcan un ancho espectro que va desde el ''orgullo gay'' hasta el fundamentalismo religioso.

Sin embargo, pese al uso y abuso del término son infrecuentes las explicaciones sobre su significado.

En efecto, un ligero examen del tópico en cuestión que va desde la orilla del tema a la del problema, cuando no se empantana en las ciénagas del dilema permitirá comprobar que tanto en el lenguaje vulgar como en el científico la voz identidad se maneja con ligereza y, a menudo, con impericia. Y esto sucede porque si bien algunos suponen que la repetición machacona de una palabra la torna inteligible, la índole polisémica del término identidad, ubicuo y elusivo a la vez, exige, para ir de lo oscuro a lo claro como pedía Goethe, el conocimiento de disciplinas que faciliten ese ejercicio iluminante. Dicho de otro modo: para efectuar el análisis etimológico, semántico e interdisciplinario del denotatum y los designata de la palabra que motiva estas reflexiones, se debe apelar a la heurística, el arte de la búsqueda, antes de abordar la hermeneútica, la nave donde viajan los expertos en las técnicas del desciframiento y la interpretación.


ENTRE LA MÁNTICA Y LA SEMÁNTICA
La mántica (mantiké), en la antigüedad griega y la aruspicina, en la romana, eran practicadas por los peritos en la adivinación y la predicción. La pitonisa del oráculo de Delfos, las sibilas y los augures desempeñaban oficios prestigiosos para el vulgo aunque a veces eran objetos de burla entre los propios adivinos. Decía Horacio, si mal no recuerdo, que cuando se reunía el Colegio de Augures éstos no podían reprimir su risueño descreimiento: ''cuando están juntos, se miran entre sí y se ríen''.

Algo semejante puede que suceda en las muy promocionadas asambleas de los embaucadores contemporáneos, esos sedicentes chamanes urbanos que atraen con sus tarifadas predicciones tanto a los incautos como a los desesperados. Esta fauna, aplaudida por los pontífices de la New Age, tiene su réplica en los cada vez más numerosos sicofantes de nuestra identidad que, en vez de viajar al futuro, retroceden al pasado para revelar indianidades o negritudes cuya supuesta influencia determinante de quienes somos y el cómo somos- no resiste el cuestionamiento del sentido común y mucho menos el rigor del análisis científico. Según el decir de algunos de esos ''indianistas'', cuya prédica se ha colocado en la escuela, los uruguayos somos descendientes somáticos y culturales de los charrúas y así debemos sentirlo y proclamarlo.

Pero volvamos a nuestra investigación preliminar, la cual debe iniciarse en un lejano pasado para llegar con un buen cargamento de etimología y lexicología hasta las actuales cercanías. Estas, saturadas por el creciente imperio de la radio, la T.V. y la prensa, los omnipotentes mass media, se ven invadidas por belicosas microidentidades que, para combatir al ogro de lo homogeneización, cuya aplanadora empareja todo lo que le sale al paso, movilizan sus ejércitos de duendes particularistas, cuando no de fantasmas mitopoiéticos, en defensa e ilustración de Lo Diferente.

Esto sucede con especial virulencia en el mundo subdesarrollado, en el área de las economías dependientes o emergentes, en los países que medran en la periferia de los grandes globalizadores, es decir, los centros del Tener y el Poder. Entre esas naciones hemipléjicas figura nuestro alicaído Uruguay, que acaba de salir del C.T.I. y cuya mejoría es aún impredecible.


IDEM, IDENTITAS
El origen de la voz identidad se halla en el ídem latino, que significa el mismo, lo mismo, lo propio. La voz identitas (identidad) aparece posteriormente, pero no en el ruidoso taller de la calles sino en el gabinete de los gramáticos y los traductores. Se trataba de transportar al latín medieval, con el que se entendían los europeos cultivados (y no cultos, pues la cultura es un común patrimonio humano), la voz griega tautótes, que significa identidad, y que como tal fue empleada por Aristóteles [Ética a Nicomano ( 8, 12, 3), Metafísica ( 2, 1, 9) ]. Para traducirla al latín hubo que agregar al ídem una alusión al ser, ens, y a la entidad, entitas, y de tal modo surge el nuevo término, cuya trayectoria en el idioma español se inicia a mediados del siglo XV. Engendrada por la voz identidad nace una familia de palabras (idéntico, identificar, identificación, identificable) que, directa o lateralmente, tiene que ver con nuestro asunto.

Son muchas las disciplinas que recurren al uso del término identidad: la filosofía propiamente dicha, la lógica y sus diferentes versiones convencionales, la ontología, la psicología ( que incluye al psicoanálisis ) y la antropología lo han utilizado con distintos matices y en distintos contextos. Y se le ha distinguido también de lo igual, de lo análogo, de lo semejante, de lo conforme, de lo concordante, señalando además y esto es fundamental en las ''ciencias del hombre'', que en las antípodas se extiende el dominio de la alteridad, un polo opuesto hasta cierto punto porque la existencia de la identidad en el territorio psicosociocultural supone el complemento dialéctico de la alteridad.
Voltaire, en su Dictionaire Philosophique (1764) proponía el término ''mismidad'', refiriéndose en este caso a la permanencia de aquellas cualidades que, no obstante el paso del tiempo, mantienen incambiada la estructura de la personalidad, ese modo de ser, de pensar y de sentir intransferibles que existe en todo hombre merced a la confluencia del temperamento y del carácter en el estuario del alma espíritu. Genio y figura hasta la sepultura, dice el refranero popular, refrenando el concepto erudito.
Hasta ahora no hemos entrado en la entraña semiótica de este término, tan llevado y traído, cuyo hogar primero se encuentra en el planeta filosófico.

La ley de la identidad ha sido objeto de muchas definiciones, ya en el campo de la ontología, ya en el de la lógica formal. Incluso se la ha confundido con las proposiciones atinentes a la igualdad. Vistos desde afuera dos caballitos de juguete pueden tener semejante forma, apresto y color. Son iguales pero no son idénticos: vistos por dentro el uno es de madera y el otro de cartón.


A PARTIR DE LA FILOSOFÍA
Desde el punto de vista filosófico existen varios tratamientos del tema pero voy a limitarme a dos: el uno apunta a la definición de la identidad y el otro a las filosofías de la identidad. Las definiciones son agrupadas por Incola Abbagnano (Dizionario di fiolosofia, 1960) en tres grupos: 1) las que la remiten a la unidad de sustancia ( Aristóteles. ''las cosas idénticas son idénticas cuando su sustancia es una''; Hegel : ''la identidad es la unidad de la esencia consigo misma'') ; 2) las que la consideran como sustituibilidad (Leibniz : ''Idénticas son las cosas que pueden sustituirse la una a la otra, salva veritate''; Wolf: ''son idénticas las cosas que pueden sustituirse la una a la otra, permaneciendo a salvo cualquiera de sus predicados''; Carnp y Quine entre los filósofos de nuestro tiempo sustentan parecidos criterios); 3) las que la catalogan como convención. ''Según esta concepción, dice Abbagnano, no se puede afirmar para siempre el significado de la identidad o el criterio para reconocerla. Se puede, sí, en la esfera de un determinado sistema lingüístico, determinarla de una manera convencional siempre que sea apropiada''.
Las filosofías de la identidad reconocen varios grados. En algunos casos tienen carácter parcial, como sucede con Spinoza, y en otros carácter total, como en el pensamiento de Schelling. Para Spinoza lo psíquico y lo orgánico no constituyen diferentes sustancias puesto que el pensamiento y la extensión son los atributos de una sola sustancia, la del Dios Naturaleza, dado que la natura naturans y la natura naturata se confunden en la concepción panteísta de aquel.

En cuanto a Schelling, éste, en su Identitöphilosophie, considera a lo Absoluto como el punto de conjunción donde se identifican el sujeto con el objeto, lo real con lo ideal, lo consciente con lo inconsciente, la Naturaleza con el Espíritu. Los grandes sistemas de los filósofos del idealismo alemán (el del citado Schelling, el de Hegel y el de Fitche) están penetrados por el espíritu de la identidad, que por cierto no es, como se verá luego, el ama de llaves de la identificación.
El principio de identidad (principium identidatis), o de certeza, junto con el de no contradicción (principium contradictionis) y el del tercero excluido (principium tertiiexclusii) constituyen el fundamento de la ontología y de la lógica clásica. Ingresó tardíamente al mundo filosófico. Wolf lo incorpora en su Ontología (1729) y Kant le da el espaldarazo consagratorio al expresarse que ''Son dos los principios absolutamente primeros de todas las verdades. Uno es el de las verdades afirmativas, o sea la proposición 'lo que es, es, (ens est ens)' .

Otro es el de las verdades negativas, conteniendo en la preposición 'lo que no es, no es''' (Nova dilucidatio, etc. 1755 ) Digamos con respecto al tercer principio, el del tercer excluido, que se enuncia del siguiente modo : ''Entre el ente y el no ente no hay posible intermedio, es decir, no puede darse otra cosa.'' Esta formulación reemplaza a la habitual, que entraña un contrasentido, o un absurdo, al expresar que ''el ser, es, o no es''.


DE LA ONTOLOGÍA A LA LÓGICA
El principio de identidad pasa de la ontología al campo dela lógica del siglo XIX pero se desvanece en la del siglo XX, donde su papel se reduce al de una brújula que sólo sirve para orientarse en el mundo de los símbolos (la lógica simbólica). A Lamouche (Logique de la simplicité, 1946 ), al referirse a la lógica clásica expresa que ella concede un doble sentido a la noción de identidad. ''Por un lado expresa la permanencia del sujeto único o del atributo a lo largo de los cambios que se producen en él o en su entorno. Por el otro indica la similitud de dos objetos distintos o de algunos de sus atributos. En el caso primero estamos ante la invarianza; en el segundo, ante la equivalencia . Es preciso distinguir, por consiguiente, entre la identidad del uno, que es la de lo incambiado, y la del uno y el otro, que es la de lo intercambiable''.

En cuanto a la notación digamos que de los dos guiones paralelos (=) que representan la identidad en la lógica formal lo que al cabo indica una mera equivalencia y no una absoluta identidad aquella pasa a ser representada por tres guiones paralelos en la logística. Detengámonos brevemente en este término, que nada tiene que ver con al avituallamiento de las tropas en campaña, como el uso de la voz en la terminología castrense lo ha consagrado. Efectivamente, estamos maniobrando en un campo donde los únicos combates posibles son los de la mente.

Pero antes de caracterizar a la logística en su acepción actual dentro del campo matemático-filosófico es preciso aclarar que primeramente se refirió a la aritmética en cuanto disciplina del cómputo y que luego Leibniz la identificó con la lógica (Calculus ratiocinator). La nueva acepción le fue impuesta en el Congreso de Filosofía de 1904, que la convirtió en el sinónimo de lógica simbólica. Por su parte Frege y Russell sostuvieron que la logística equipara las matemáticas con la lógica.
Terminó con una recapitulación acerca de lo que son la ontología y la lógica. La ontología es el tratado del Ser en cuanto Ser, como lo estableció Aristóteles. Erosionada y a veces negada por los posteriores desarrollos de la teoría del conocimiento, que transitaron de lo gnoseológico a lo epistemológico, la ontología fue revalidada por la fenomenología y por algunos filósofos existencialistas, entre los que figura Heidegger, cuya distinción entre el Ser y la Esencia es harto conocida.

Por su parte la Lógica (del griego logos, palabra, discurso, proposición) trata del correcto razona. Deja de lado el contenido del pensamiento y se atiene a sus formas. De ahí que se le llame formal. Lo que interesa es la cabal relación entre las proposiciones y no su certeza. En nuestro tiempo han surgido otras lógicas: la logística ya citada, que la vincula con el mundo simbólico de las matemáticas, la polivalente, que deja de lado el principio del ''tercero excluido'', y la cuántica, inspirada en la física subatómica. También, erróneamente, Levy-Bruhl habló del pensamiento prelógico de los primitivos.

Por razones de espacio no podré tratar ahora la distinción entre identidad concreta o numérica e identidad abstracta o específica. Lo haré al referirme a los reinos de lo psíquico y lo sociocultural. De todos modos habrá podido comprobarse que existe un importante capítulo previo cuyo conocimiento es imprescindible para apuntar con mano firme al blanco movible de la tan llevada y traída identidad nacional.


Revista Dosmil30.
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